miércoles, 18 de mayo de 2011

Arrimón indígena

El sonido de los tambores y cientos de cascabeles opacan al gritoneo de consignas absurdas en las bocinas del campamento del Sindicato Mexicano de Electricistas en el Zócalo. Son decenas de personas danzando ritmos prehispánicos con elegantes penachos de plumas alrededor de una estatua de tres metros de altura y entre el humo del copal, aún cuando no hay registro alguno que nos indique qué tipo de música sonaba hace 500 años.

Maravillada por las costumbres de una cultura antigua, una joven extranjera de piel blanca como la leche presume su recién adquirido vestido de manta con bordado artesanal, el cual hace juego con una cinta roja en la cabeza y un par de huaraches de piel color café. Ella, al ver la danza masiva intenta unirse a la celebración copiando cada los pasos.

No pasaron más de 30 segundos en los que un gordo danzante, en cuya piel se dibujaba la sombra blanca de la camiseta que suele taparle sol a un par de chichis de obesidad masculina, se acercó ofreciéndole los cascabeles de sus tobillos para que los suyos sonaran al bailar. La chica accedió gustosa a un gesto de cortesía mexicana, cosa que aprovechó el otro para colocárselos por encima de las rodillas y de paso acariciarle esos muslos carnosos y sobar algo de esa anatomía de importación.

¡Che mono!

No hay comentarios.: