jueves, 4 de abril de 2013

Tacle machín

Una hora y media me la pasé formado frente a la Catedral, esperando entrar a la mentada Experiencia NFL que hace un par de días inauguró el Gobierno del DF en el Zócalo, donde habría juegos, pruebas físicas, parafernalia y demás cosas que implican el futbol americano, como los galones de chela que se beben los aficionados durante los partidos, las hamburguesas tamaño nomames que se comen en los estadios y, sobre todo, las güeras en faldita que animan a los jugadores enseñándoles las tangas... ¡pero no!

Para mi sorpresa, la Experiencia NFL se reduce a un par de brincolines inflables, como los que rentan las mamás para las fiestas de cumpleaños de sus hijos, con forma de Bob Esponja o barco pirata, en los que te subes a rebotar como estúpido y tirarte en una resbaladilla de metro y medio hasta que te aburres y mueres. Hay un juego en el que tienen un monito de cartón brincando con un hoyo entre las manos, al cual le tienes que atinar con un balón, y si lo haces sólo ganas la satisfacción de decir que tienes buena puntería, porque el que viene formado atrás de ti ya te está apurando. Eso es lo más divertido de todo. Hay una cancha en la que puedes armar un tochito, pero es nomás tocado porque nadie quiere cargar con los muertos.

Debería haber apuestas, chupe y unas viejotas, porque sin eso, el futbol americano es sólo un deporte de jotitos en chorcitos que se abrazan todo el tiempo y que usan hombreras para no lastimarse cuando se dan sus arrimones.

¡Chá!

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