martes, 27 de diciembre de 2011

Ahí está su Navidad

Un hilo aguado de moco escapa de la fosa izquierda de mi nariz y se escurre sobre mis labios hasta llegarme a la barbilla, negándose a replegar con esa molesta aspiración desesperada que acostumbra el catarroso promedio cuando no hay kleenex a la mano. Los ojos se me cierran solos y dejo de sentir los dedos de mis manos sobre el volante, esperando la luz verde del semáforo.

Mientras maldigo el que se haya prohibido la seudoefedrina en los antigripales por culpa de Zenli Ye Gon, el pinche chino que usaba esa sustancia para fabricar chochitos vaciladores, una niña de aproximadamente ocho años de edad se aproxima a mi ventana con la mano extendida y la palma abierta, en busca de un poco de caridad navideña.

Sin percatarme de su presencia, mi rostro se contrae ante la inminente expulsión de medio litro de flemas en un estornudo tan violento como lo sería un Zeta con bazuca. Para no estropear mi visión y manchar el tablero, volteo la cabeza a la izquierda para dejar salir toda la furia de un catarro mutante, misma que sin querer termina en la pobre pequeña que en ese momento posicionaba sus deditos en la puerta del vehículo.

Con un semblante entre asco y sorpresa, cayó fulminada sobre el camellón con la cara enchiclosada, al tiempo que el semáforo me daba el permiso para huir impune.

¡Chá!

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