miércoles, 8 de junio de 2011

¡Ay (hay) orejas!

Los setenteros aprendices de comunistas identificaban con el término “orejas” a aquellas personas infiltradas por el gobierno en los círculos estudiantiles de esa época, con el fin de saber de qué hablaba la juventud, dónde se reunía, quienes eran sus líderes, qué comían y en dónde cagaban. Todo para reprimir cualquier ideología contraria al régimen priista.

Como buenos perredistas, las autoridades del Gobierno del Distrito Federal imitaron esas buenas costumbres de sus predecesores, y ahora esos hijos de Uruchurtu y Durazo hablan de “infiltrar” a agentes de la Procuraduría de Justicia capitalina en las fiestas, con el fin de evitar que éstas se realicen sin la venia de su majestad, Marcelo Ebrard.

La estrategia es monitorear las redes sociales como el Twitter y el Facebook para saber dónde y cuándo se va a armar el desmadre, para caerles en la movida y así detenerlos con las manos en las nalgas, tal como se hacía en los tiempos de Echeverría, sólo que con un poco menos de tecnología y con la cárcel de Lecumberri aún operando.

La pregunta aquí es si ya se tiene un plan de acción en caso de encontrar drogas y niños empedándose, o tendremos que ir preparando los cabezales de los periódicos en caso de que suceda otro “operativo fallido” como el del News Divine.

El punto es, que los funcionarios responsables de esa criminalización de la juventud basaron en su propia ignorancia las políticas públicas que aplican para combatir algo que no conocen.

Es decir, ¿ustedes creen que los delegados o los diputados o el mismo Marcelo Ebrard están en donde están por haber sido el alma de las fiestas?, ¿por armar las mejores pedas?... ¡No!, ellos están ahí por haber sido unos matados en la escuela o por andar de grillos desde jóvenes. Por lo tanto no tienen ni puta idea de lo que pasa en ese tipo de reuniones.

Es por eso que el jefe delegacional en Álvaro Obregón, Eduardo Santillán, castiga el perreo, que no es más que un baile al ritmo de reggaetón, para abatir los altos niveles de delincuencia y drogadicción en su territorio, como si el menearse como animal en celo implicara ser un mafioso.

Lo mismo pasa con Mario Palacios, delegado en Benito Juárez, quien el lunes pasado usó como referencia el slam (otro baile) para referirse a la venta de drogas en eventos públicos, sin saber que la música no tiene la culpa de lo que hace la juventud chilanga.

El DF se ha convertido oficialmente en Elmore City, Oklahoma (para más referencias, vean la película Footloose con Kevin Bacon).

¡Chá!

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