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jueves, 24 de diciembre de 2015

Un cuento de Navidad

Abstraído de toda realidad por culpa del éxtasis reguetonero de J. Balvin y Farruko, a cuya rola no le he puesto atención pero seguro es denigrante de varias maneras para las mujeres que la bailan vehementemente, no me di cuenta a qué horas ni cómo me le metí al conductor de un Chevy dorado, que se deshacía en mentadas de madre insonoras en mi espejo retrovisor, que de no ser por el dedo medio extendido en ambas manos y la inconfundible señal de ‘cremas’, yo jamás hubiera entendido.

Fue un movimiento sutil y dentro de las normas, porque hasta la direccional recuerdo haber puesto, pero hay ciertas personas que se ven ofendidas cuando se ven detrás de alguien sin poder evitarlo con un acelerón más violento, como si sus testículos se encogieran por dejar pasar a alguien. En fin, que ante las agresiones yo no tuve de otra más que sonreír y saludar al de atrás, porque es Navidad y uno sólo puede desear buenas cosas en esta época.

Lamentablemente no todos piensan así, pues cuando el tráfico avanzó el conductor del compacto hizo una imprudente maniobra para quedar enfrente de mí, frenar de repente en la siguiente luz roja y salir del auto para hacérmela de pedo. Yo, con la misma frialdad mi aire acondicionado, bajé la ventanilla para apreciar más claramente su habilidad para conjugar leperadas con amenazas de golpizas inclementes.

Ante la inevitabilidad de algún daño a mi vehículo por sus amagos de patadas de punterazos rompeuñas, salí del auto para contestar su “no sabes con quién te metiste” con un contundente “tú tampoco”, mientras incorporaba mi 1.80 de estatura ante su mirada, que de repente se tornó vacilante, porque además con la ropa que uso ahora para ocultar cuan pasado de tlacoyos estoy, puedo bien aparentar mamadez quiebraculos.

El güey aún así me quería mascar el escroto y antes de que cayera el primer madrazo, le hice ver su desventaja señalando que sobre el toldo de su unidad había cuernos de reno hechos con alambre y fieltro barato de color café, acompañados de un círculo rojo en su parrilla a manera de nariz de Rodolfo, adornos que no sólo son nacos sino que ya hasta pasados de moda están, pues esas madres ya ni los taxistas pantera las usan.

Vaciló un momento y se tomó otro instante para voltear a ver su coche y le cayó el veinte de lo infinitamente ñero de su persona. Así, sin soltar un solo codazo, ambos seguimos nuestro camino.

¡Feliz Navidad!

sábado, 19 de diciembre de 2015

Taaa tann tara tataa ta tara ta taaaaaaan

Aún si desde el tráiler nos hubieran dicho que el malo Kylo Ren era hijo de Han Solo y Leia, y que en algún momento iba a tener que matar a su padre; que Luke Skywalwer aparecería sólo hasta el final frente a Rey, que muy probablemente es su hija a juzgar por la Fuerza que hay en ella; que el Imperio se niega a morir, que hay una estrella de la muerte 20 veces más grande que la que ya se conocía y que puede destruir cinco planetas de un madrazo, además de que el robot BB-8 es más adorable que la ardilla de La Era del Hielo, todos iríamos a verla, porque Star Wars es importante y trascendental en la vida de todos los ñoños y no tan ñoños, con spoilers o sin ellos.

Se estrenó El Despertar de la Fuerza el jueves a las cero horas y yo estuve ahí, vestido de jawa con mi chesco gigante en vaso conmemorativo, sin ninguna pena porque todos en el cine traían atuendos más ridículos que el mío y con mucho menos presupuesto, pero compartiendo la emoción de quien verá la continuación de una historia épica en un mundo de añoranza que le da sentido a nuestras patéticas vidas terrestres.

Cinemex y Cinépolis deben estar muy enojados, porque desde que empezó la película todos nos zurramos en nuestros asientos por lo menos en cuatro ocasiones. Debió ser el estreno más molesto de presenciar, porque nadie se quedaba callado; parecía un partido de futbol en el que desde la butaca se echaban porras y se sufría, para acabar en un aplauso de pie, como si aquel gordo de bigotito indígena hubiera visto Turandot en el Metropolitan Opera House de New York y no la nueva de La Guerra de las Galaxias en un cine ñero en Tultitlán.

Han pasado 30 años desde la Batalla de Endor (la de los ewoks) y la República no ha podido ser instaurada. Como en la vida real, después de una revolución viene un periodo de incertidumbre, remanentes de una guerra civil entre quienes siguen fieles al régimen y se niegan a ceder el poder que tenían, y entre aquellos que deben empezar a formar un nuevo gobierno desde cero. Ya no hay Imperio Galáctico ni Alianza Rebelde; ahora es el Primer Orden contra la Resistencia, que es comandada por la general Leia Organa, luchando aún contra el lado oscuro de la Fuerza, en representación de un ente que aún no se conoce pero es maestro de Kylo Ren, porque entre los Sith siempre habrá dos, ni más, ni menos, siempre un maestro y un aprendiz. Pero nadie sabe dónde está Luke, desapareció en el exilio, derrotado por no haber podido restaurar la orden de los Jedi y traicionado por uno de sus alumnos que fue seducido por el lado oscuro; precisamente su sobrino, inspirado por la leyenda de su abuelo Anakin, mejor conocido como Darth Vader.

Esta historia, que la mayoría conocerá e irá a ver aunque se las cuenten por el simple hecho de que es visualmente atractiva, es un dramón loco que ya quisiera haber escrito Eurípides, Sófocles, Shakespeare, Pinter o Juan Osorio para producirla con unas nalgonas actuando una tragedia familiar que tiene todos los elementos para seducir a cualquiera, adentrándolo a un mundo en el que todo se resuelve a espadazos.

Sí, podrán decir que es un fusil del episodio IV, pero ese es el encanto, que se respeta el universo creado por George Lucas y que, como en la vida real, la historia tiende a repetirse pero en distintas formas; es un pase de estafeta a una nueva generación en la misma realidad, en la que muchos quisiéramos vivir porque en la que existimos nuestra vida es intrascendente. Quienes la tenían y la querían ver, para este momento ya la vieron. Y si durará dos meses en cartelera es porque la verán (veremos) 15 veces más, junto a los que no la tienen como su prioridad pero terminarán adorándola. Los que no, que no estén mamando; ¡déjenos ser!

¡Chá!

domingo, 13 de diciembre de 2015

¡Virgencita plis!

Sin nada más que hacer que desgastarme las cutículas escarbando la epidermis de mi escroto, consciente de que ya estoy bien pinche marrano por ir a hacer guacamole con el culo todos los días a una oficina por turnos de hasta 14 horas y harto de la programación del Netflix, sentí como un vientecito coqueto me sopló en el rostro haciendo volar mis largas matas sebosas y lo interpreté como una inequívoca señal divina para hacer periodismo mamalón.

Tomé mi bicicleta de 50 mil varos, como la que le robaron al embajador alemán el otro día, esa que hasta quemacocos y rayaquesos trae integrado y me dije a mí mismo: ¡chinguesumadre vámonos a La Villa!, porque era viernes 12 de diciembre y los milagros son posibles, porque si alguien podía sacarme del hartazgo de mi vida esa era la Virgen de Guadalupe, esa que concede deseos a cambio de sangre en las rodillas y el humo de millones de cohetes tronando en el cielo.

Una mochila con agua, cámara, un suéter y una playera limpia fue todo lo que cargué antes de lanzarme al suicidio guadalupano. Y así salí de mi colonia, me integré a una avenida principal en la que había decenas de personas caminando con cuadros a sus espaldas, caravanas de ciclistas y camiones repletos de fieles ansiosos por llegar a agradecerle cosas que su capacidad individual no pudo lograr.

Me sentía muy nalga rebasando ñeros bicitaxistas en mi súper rila de aluminio ligero y elementos de competencia, cuando como a las cinco cuadras sentí cómo un leve ardor que se incrementaba subió de mis pantorrillas a los muslos, al tiempo que un sudor espeso bajaba de mi frente y nublaba mi visión, obligándome a bajar la velocidad considerablemente.

Dos cuadras después, mi culo estaba totalmente reventado por el esfuerzo y el roce del asiento, diseñado para las firmes nalgas de un ciclista experimentado y no para mi trasero desparramado con forma del sofá en el que voy a tirar mi vida en los días de asueto. Parado con la lengua de fuera de las ganas de guacarear, determiné que la Vírgen de Guadalupe ni es tan milagrosa ni yo tan creyente, porque además qué chingá iba yo a hacer rodeado de tanto mugroso-tlaxcalteca-culero con los que, aparte, debería pasar la noche y despertar cantando las mañanitas.

Por eso me regresé a mi sala a seguir viendo algo que seguramente me mató neuronas y unos cuantos espermatozoides.

¡Chá!

viernes, 20 de marzo de 2015

¡Qué oso con Don Bond!

El año pasado cuando vivía en Campeche, un pueblito olvidado de la mano de Dios donde hasta al mar le da hueva hacer olas, un día llegaron los actores de la telenovela ‘Lo que la vida me robó’ a grabar unas escenas a la plaza principal. La gente de la localidad, que pasa sus vidas viendo el pasto crecer, hizo tanto escándalo al tratarlos de ver de cerca y sentir que por un breve instante su existencia tiene sentido, que la grabación duplicó su tiempo por estar arreándolos para que no se cruzaran en las tomas.

Desde que se supo que James Bond filmaría aquí, poco importó el miniescándalo del dinero que aflojó el gobierno para que no se hablara mal del país y lo que la banda quería era ver, aunque fuera de lejos, al Daniel Craig partirle su madre a unos malosos en las calles del Centro Histórico, antes de despegar en un helicóptero mientras Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana explotan con todo y Peña Nieto y Norberto adentro.

Es necesario cercar todo el primer cuadro para que los chilangos no vayan a arruinar las tomas, porque si nunca han visto una película en el cine por comprarlas piratas, mucho menos verán cómo se hace una. Lo peor es que todos los medios y hasta los gobernantes ponen al güero 007 y su distinguida presencia en nuestro país como tema preponderante, haciéndonos ver como la pueblerina que espera tres horas bajo la lluvia por un autógrafo de Sebastián Rulli.

¡Chá!

miércoles, 18 de marzo de 2015

Todos son Carmen

Señores, chavos, rucas y demás liosos amantes de las teorías de la conspiración y las monas de zarzamora con chochitos: se la están jalando a un punto del arranque, le están viendo doce chichis a la perra y ya mejor rolen de lo que estén fumando para andar igual, porque ver en el despido de Carmen Aristegui de MVS un plan maquiavélico para acallar las voces críticas al gobierno es algo que simplemente se podría definir como “chaqueto”, no irreal, pero sí chaqueto.

Aquí el problema es ver a un periodista como la dueña absoluta de la verdad y peor aún es que ella se lo crea, como es el caso, pues Carmen (ói al igualado) toma el papel de la víctima de la censura, como si fuera uno de los cientos de comunicadores que han tenido que salir de Venezuela en la última década por miedo a morir por informar lo que el Chavismo no quiere que se sepa... ¡eso sí es censura y no succiones de miembro!

Lo que aquellos que quieren dinamitar un edificio en Mariano Escobedo no saben, es que MVS perdió más al despedir a Aristegui, pues esos cuatro puntos de rating todos los días no se lo darán ni Luis Cárdenas, ni Alejandro Cacho, ni Jesse Cervantes o Sergio Zurita. En ese sentido, sí, MVS era Carmen Aristegui, cosa que a ella no le ha caído el veinte, pues tiene su propio espacio en Reforma y CNN para seguir diciendo lo que quiera sobre quien quiera, aunque incluso ahí es sólo una empleada...

¿Ingenuo pensar que sólo se trata de un asunto laboral? ¡Sí!, como lo es también creer que Carmen Aristegui no responde a intereses políticos y está por encima del medio en el que trabaja. Ahora mismo, en este instante, varias empresas radiofónicas se están relamiendo los labios y juntando casi el millón de pesos que cobran ella y su equipo al mes por su trabajo, a cambio de más audiencia de la que tenía el 102.5 por las mañanas, que era más de la que juntaban en el 96.9 en W, de donde también se fueron hace unos años alegando una censura.

¡Chá!

lunes, 16 de marzo de 2015

El rock ha muerto

Ah qué tiempos aquellos en los que Uruchurtu era regente del DF y Durazo el jefe de la policía, cuando trepaban a la julia y metían al bote a todo aquel que se dejara la mata larga y pareciera foto de catálogo de estética unisex; de cuando Echeverría prohibió el rock y todo pretexto de reunión juvenil para que la música fuera proscrita y enviada a tocarse en secreto dentro de asquerosas bodegas y patios en la periferia de la capital, conocidos hoy nostálgicamente como ‘hoyos fonki’.

Entonces el rock era valorado como arte, era en sí mismo un acto de libertad y de identidad que se ha convertido en un accesorio, en un pretexto para celebrar la decadencia de una generación que no valora, por desconocimiento de su historia, lo que tiene y usa la música como excusa para exhibirse, tratando de llenar el vacío emocional en sus patéticas vidas.

En el Vive Latino de este año quedó demostrado que la música pasó a segundo término, que la mayoría de quienes van lo hacen para presumir que estuvieron ahí y no para escuchar a un artista exponer su trabajo, que es más importante tomar fotos borrosas o videos de mala calidad que sentarse a escuchar en vivo lo que consumen en un archivo comprimido que borra la profundidad de los detalles.

Es la masa celebrándose a sí misma por estar reunida en el lugar de moda del fin de semana, aunque no estén escuchando nada de lo que se toca sobre el escenario, y que es la razón por la que deberían estar ahí.

¡Chá!

viernes, 13 de febrero de 2015

Día de la desesperación

El gran filósofo contemporáneo Barney Stinson (interpretado magistralmente por Neil Patrick Harris en la serie ‘How I met your mother’) estableció el 13 de febrero (o sea hoy) como el Día de la desesperación, en el que todas las mujeres que no tienen pareja salen por la noche en busca de alguien con quién pasar San Valentín… así sea un baboso como yo.

No es su culpa, no es que anden jariosas buscando algún menso al que puedan engatusar por 24 horas para aparentar ante el mundo que son exitosas en el amor y ante la naturaleza que tienen la capacidad de atraer al sexo opuesto y cumplir con su misión reproductiva. ¡No! Es la pinche sociedad la que les dice que si el 14 de febrero andan en su casa deprimiéndose viendo las telenovelas aplastadas en el sillón y tragando gansitos son unas fracasadas en la vida y merecen morir solas.

Como no pueden mostrar debilidad ante la evolución humana y el quedirán, bajarán sus estándares y relajarán el aquello por igual las súper mamis que el día 15 se encerrarán a llorar dos horas en el baño por haber despertado junto a alguien como yo, que las arañas panteoneras que estarán dispuestas a presentarles ante sus madres a cualquier vertebrado que camine medianamente erguido. Es una carrera contra el tiempo y entre más cerca está la medianoche, más baja estará su autoestima.

¡Chá!

miércoles, 11 de febrero de 2015

Una ciudad sin amor

El amor todo lo puede; el amor todo lo pudre. Con el 14 de febrero a la vuelta, es raro que la ciudad no esté aún atascada de globitos rojos en forma de corazón leproso, rosas rojas encelofanadas a punto de marchitarse y chocolates con sabor a ébola en los puestos de afuera del Metro por donde atracan. Quizás es porque las cosas en el país no están como para enamorarse y usar ese sentimiento como motivación para salir a vivir la vida, lo cual es por demás preocupante.

Cuando no se tiene nada, cuando se es un ñango mental, cuando falta inspiración para hacer lo que sea, se recurre al amor, porque es un comodín emocional que permite que aquel que no debería tener cara para verse al espejo todos los días al levantarse salga de su casa optimista de que algo bueno puede pasar, por más improbable que eso sea.

Si lo anterior es cierto, el odio y el rencor podrían ser también buenas motivaciones para hacer las cosas con pasión, de hecho lo son, pero uno prefiere usar un sentimiento que en teoría es positivo, aunque esté falsamente representado por objetos que cuestan 15 varos en un semáforo y que se regalan con el único fin de que el objeto amado afloje el tesorito. Es decir, que si en esta ciudad ya no hay amor ni del barato, las cosas comenzarán a ponerse mucho peor porque los chilangos nos comenzaremos a dar cuenta de lo miserables que somos ahora que no tenemos una venda de corazoncitos en los ojos.

¡Chá!

domingo, 25 de enero de 2015

Las joyas del tianguis

Mi muy depurado instinto periodístico (sí, ese que me llevó a buscar la felicidad durante meses en la selva del sureste mexicano para regresar y dedicar mi vida a las drogas depresivas) me condujo al tianguis de Santa Cruz Meyehualco, en Iztapalapa, a investigar la presunta, muy presunta, venta clandestina de tabletas electrónicas de las que regala la SEP a los chavitos de quinto año de primaria y televisiones de las que da la Sedesol para el apagón analógico, a módicos precios y nuevas de paquete... pero no encontré ni madres.

Lo que sí encontré, fueron unos tenis Nike pocamadre (creo que así se llama el modelo) a mitad del precio de la tienda, justo de mi número y sin señales de que le hayan cortado los pies a nadie para obtenerlos, porque hasta en su cajita venían, quiero pensar que se cayeron de un tráiler o algo parecido. También un par de camisas para ir a tirar rostro, marca Lacosteña, Andoencombie y Aerocostale, además de chones y calcetines, de los que aguantan las uñas largas.

Y ya cuando me iba, a lo lejos unas nalgas me sedujeron, eran las del jefe Bruce Springsteen en la portada de su disco de 1984 Born in the USA, cuyo acetato me costó 50 varos. El vendedor, al detectar a uno de los pocos fans del ídolo de New Jersey, me jaló en privado para ofrecerme el Tunnel of love de 1987 ¡autografiado! Tras cinco minutos de negociación, cuatro micro orgasmos, una consulta rápida en internet sobre la autenticidad del producto y dos gritos contenidos, me fui a mi casa con una joya de coleccionista, que en ebay está en 20 mil pesos.

¡Uts!

lunes, 19 de enero de 2015

Ya que se arme la campal

El viernes en la tarde, un llamado de emergencia interrumpió una gorda de carnitas con cisticerco que estaba acortando mi vida un par de años, porque se soltó el rumor de que el parque Luis Barragán, que está detrás de la plaza comercial Grand Pedregal, iba a ser el escenario de una batalla campal entre chavitos fresas, niños bien, mirreyes y papaloys de diferentes escuelas particulares, que desde hace años se traen ganas para definir quiénes son los más afectivos de la zona.

Como hormiga al llamado de la caja de zucaritas que se derrama y gobernado por mi infinito instinto periodístico, llegué ahí en unos 15 minutos o menos, ávido de ver cómo se rompían las uñas y se arañaban las medias una bola de mocosos juniors queriéndose sentir bien malotes como si estuvieran en un baldío de Ecatepec o Neza, delimitando su territorio para que las morritas nais mojaran sus tanguitas viendo a sus hombres perder el estilo... pero pus nel, puro pájaro nalgón y nadie se apareció en el campo de batalla, donde ya hasta palomitas y chesco había comprado.

El anuncio de una golpiza colectiva entre escuelas ricachonas del Pedregal está desde que yo iba en el CCH-Sur (de cuando había Playstation 1) y hasta el momento no se ha dado. Tanto ahora como en mis tiempos (ya tengo la edad suficiente como para decir eso), el plan de la banda de la UNAM ha sido llegar sin invitación a la madriza y abaratar parejo, demostrando que para partirse la madre hay que ser barrio y para ligarse a unas morras a punta de sangre y mocos, también.

¡Chá!

lunes, 5 de enero de 2015

Reyes en quiebra

El año pasado, como producto de mis traumas infantiles por los regalos que nunca me trajeron los Reyes Magos, me compré la colección completa de muñecos de Las Tortugas Ninja, con todo y el mono morado genérico que ningún niño quiere, sólo para tenerlos ahí en mi librero y celebrar que ahora tengo dinero para disfrutar de la niñez que mis papás fueron incapaces de darme (sí amiguito, tus jefes son Santa y los Reyes, que no se hagan güeyes), aunque yo ya esté más viejo, acabado y obsoleto que el PRD.

Este año no pude resolver otra de mis tantas heridas mentales porque los videojuegos están más caros que hace 20 años (chale, sí que estoy anciano) y porque no hay varo que alcance para andar de infantiloide cuando el litro de gasolina está en casi 14 lanas y el dólar en más de 15, y es preferible tener combustible para atravesar la ciudad que un control de Nintendo en forma de volante para sentir que vas manejando el carrito de Yoshi en el Mario Kart.

Un niño promedio no entenderá por qué le regalaron un Tetris chino de tianguis en vez de un PSP Vita o un GameBoy Pokemón Diamante de edición especial (existe, no lo estoy inventando), por eso es mejor enseñarle que el mundo es cruel y la economía más, dejándole claro que si le echa un poco de ganas y no la riega en el camino, cuando crezca y trabaje podrá comprarse juguetes de los chidos, aunque todos lo miren como un ñoño... eso o pagar por sexo.

¡Chá!

domingo, 4 de enero de 2015

¿Propósitos de Año Nuevo?

El lunes la vida comenzará más temprano. El despertador sonará por ahí de las cinco de la mañana y aunque suene una de Luis Miguel, en la mente de quien la oiga parecerá la de Rocky, porque servirá de motivación para abandonar el confort de la cama, calientita después de toda una noche de pedorrearla con la digestión del recalentado, y salir a hacer el oso tratando de cumplir el propósito que no se cumplió en los últimos 16 años y que muy probablemente dentro de dos semanas sumará un nuevo fracaso: hacer ejercicio.

Ya sea en la pista con grava de un parque público o la banda sinfín de la caminadora de un gimnasio muy acá, a los 15 minutos el pulso se acelerará hasta el límite del infarto, los pulmones colapsarán y las terminales nerviosas harán corto circuito como diablito de tianguis, en señal de que toda una vida de sedentarismo y hueva no se cura con un buen propósito de Año Nuevo, aunque haya sido un trote de apenas un kilómetro de distancia.

Lo que viene a continuación es más divertido: cuando los atrofiados músculos comienzan a relajarse se genera un escozor en la piel, que primero es como esa sensación chistosa de hormiguitas y luego de convierte en un ataque de picotazos de alacrán duranguense, después viene un dolor en las articulaciones provocado por el ácido úrico, alebrestado por el repentino movimiento intenso del puerco humano. Al día siguiente las piernas dolerán de las nalgas al tobillo y será momento de rendirse y aceptar la triste realidad de la obesidad comodina.

¡Chá!

sábado, 27 de diciembre de 2014

Espíritu navideño

A las once de la noche comenzó la cuarta película de mi maratón navideño. Cada una más mala que la anterior, aquellas historias choteadas del catálogo del Netflix desde el incómodo sillón mugroso de mi casa sola con mis calcetines agujerados que dejaban pasar el aire gélido a mis dedos de uñas enterradas representaban un escenario mejor que estar atrapado allá afuera en el tráfico de Noche Buena, en la carrera con obstáculos de salida de un trabajo represor hacia la cena familiar castrante, pero en su edición 2014 con frío y bajo una lluvia que nadie se explica de dónde salió, pero de alguna forma también fue culpa del presidente Enrique Peña Nieto.

Un día después, ya en plenitud de la Navidad, los nubarrones negros cedieron terreno al cielo de un azul intenso con blancas nubes que invitaban al optimista a sacarle una foto para subirla a Instagram y al pesimista a darse un balazo en la sien, porque eso significaba que cientos de personas, aquellas a las que la cruda de la noche anterior dejó vivir, enfilarían como lo hicieron hacia el cerro del Ajusco a juguetear en la capa de apenas dos centímetros de nieve, con la que hicieron muñecos que colocaron en el toldo de sus coches, que llegando a Six Flags en su camino de vuelta ya se habían derretido.

Afortunados ellos que ya no matan, violan y secuestran en el Ajusco gracias a la Policía Federal. Desafortunado uno que tiene que buscar drogas más fuertes que la felicidad para encontrarle sentido a la vida.

¡Chá!

jueves, 18 de diciembre de 2014

Maldito exhibicionista

Nerviosismo, banderas, porras y una multitud. El ambiente era como para recibir a la Selección Nacional de Futbol después de haber ganado un mundial contra Alemania, en penales, en Berlín, jugando con tres menos y con Ochoa lesionado. El aeropuerto capitalino, acostumbrado al desmadre (tanto que los ex sobrecargos de Mexicana viven ahí desde hace años), recibió como héroe a un güey cuyo único mérito en la vida fue cagarla.

Adán Cortés Salas, el estudiante de la UNAM que irrumpió en la ceremonia de entrega del Nóbel de la Paz con una bandera mexicana para protestar por Ayotzinapa, se sintió Ricky Martin regresando el lunes por la noche a la Ciudad de México entre gritos de sus fans, después de haber sido expulsado de Noruega por su exhibicionismo, comparable con la de cualquier espontáneo que se mete encuerado a la cancha a tratar de abrazar a Lionel Messi.

El tipo asegura que no busca protagonismo (aunque ya lo consiguió) y que sólo está interesado en denunciar la situación de violencia por la que atraviesa nuestro país. Sin embargo, no es lo mismo ir a protestar en Noruega, uno de los países más civilizados y seguros del mundo, que hacerlo en Guerrero. ¿Por qué no agarró si saquito, su bandera y su camarota y se fue a hacer lo mismo a Cocula, Teloloapan, Arcelia o cualquiera de esas comunidades donde el narco gobierna?, porque sabe que allá sí se pandea su activismo político, sin importar redes sociales o qué tan duro apriete el culo para que no lo violen.

¡Puto!



lunes, 15 de diciembre de 2014

Chale con la Navidad

En medio del tráfico de Periférico a plena hora Godínez, un baboso en un Platina blanco se metió a la mala en mi carril, aventando lámina como si trajera una Hummer y no esa carcacha que en otra vida ha de haber sido taxi pirata de los que regenteaba López Obrador. Ya estaba bajando el vidrio para sacar mi manita y mentarle su madre mientras con la otra lo deshacía a claxonazos, cuando algo en ese vehículo me hizo darme cuenta de dos cosas.

Por encima del toldo, agarradas de los vidrios cerrados contra el marco de la puerta, dos amorfos pedazos de tela roñosa color café aparentaban ser la cornamenta de un reno, simulando ser uno de los que tira del trineo de Santa Claus en Noche Buena. La primera conclusión fue que el güey del coche de enfrente, por atreverse a adornar así su coche y no saber respetar su carril, era un maldito naco y la vida se iba a encargar de hacérselo notar con sangre, sin la necesidad de que yo me bajara a limpiarme las suelas de los tenis con su tráquea; y la segunda, aún peor, es que llegó esa época del año en el que uno busca en el fondo del cerebro motivos para no suicidarse.

Ya es Navidad y la ciudad te lo hace saber a madrazos. No es suficiente adornar casas, calles y coches, es necesario gritar el espíritu navideño lo más fuerte posible para que la estridencia y el mal gusto oculten la miseria interna, que sólo provocan ganas como de guardarme en mi casa hasta enero.

¡Chá!

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Art gató

La casa de Las Lomas de Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera ofende a millones de mexicanos, pero no porque cuesta 200 veces más que un departamento de interés social en Los Héroes Tecamac o porque su revelación se da justo cuando el país atraviesa por el momento más crítico del sexenio, sino porque, la verdad, está bien naca.

La propiedad, ubicada en Sierra Gorda 150, es el más claro ejemplo de que el mal gusto no es cuestión de presupuesto, y de que no hay nada más gato que un güey de Las Lomas. En el siglo pasado el estándar de lo naco era el exceso, lo barroco, los muebles de terciopelo y alfombras de piel de oso muerto con todo y la cabeza, con candelabros colgantes de 10 mil luces y pinturas mamucas en las paredes, lo afrancesado, como la casa de Irma Serrano La Tigresa o María Félix, que asemejan más un museo de antigüedades que un hogar funcional.

Para evitar caer en ese exceso se llegó a otro; el minimalismo, que más bien es como mini-animalismo. El predio (que sugiere una complicidad del gobierno federal y una empresa inmobiliaria dueña de varias concesiones públicas) con sus blancas paredes, superficies amplias y espacios angulosos, pareciera más bien el lobby de un hotel acapulqueño que la casa de la familia presidencial, porque hasta cambia de colores con las luces como antro a la orilla de la playa, quizás se la piensen rentar a Palazuelos o a Kawaghi para que meta a su camello.

¡Chá!

lunes, 5 de mayo de 2014

Si ya saben cómo me pongo, para qué me invitan

Desde que llegué a dejar el coche a un lote baldío señalado como estacionamiento por una cartulina fluorescente pintada con plumón dije ¡ya valió madres! Considerando que estaba yo en el centro de Ecatepec, desconfié del ruco que me dijo que ahí iba a estar mi vehículo seguro, que no había problema, lo que me hizo salir cada hora a ver si ahí seguía, aún con el riesgo de toparme un comando armado que me confundiera con uno de sus contrarios.

Una boda, una pinche boda y ahí estaba yo, vestido como monigote con ropa que ya hasta brilla por ser la única formal que tengo, sin mencionar que ya ni me queda y todo el tiempo me la pasé tratando de no flexionarme de más para no reventar las costuras en partes estratégicas de mi anatomía. No me pude negar y decir que me cagan ese tipo de eventos, porque, la verdad, me iría peor y ahorita estuviera escribiendo de cómo me madreó una morra de la mitad de mi tamaño.

Mi expresión se veía serena y por momentos hasta alegre, pero el temblor de mis ojos y lo apretado de la quijada evidenciaban que por dentro estaba gritando, con ganas de salir corriendo, mentarles su madre a todos e irme a ver cómo eliminaban al América. Pero ahí me quedé, posando para las fotos y disfrutando de mi arroz con carnitas, aunque sin salsa porque los condimentos estaban del otro lado de la mesa y me caga hablarle a desconocidos. Aguanté heroico el embate del ridículo constante, presente en cada inútil rito tradicional.

¡Uts!

jueves, 24 de abril de 2014

Infelices y nacos también

Ahora resulta que es noticia que los jóvenes capitalinos seamos infelices (oi al pinche anciano), tal como lo reveló una encuesta dada a conocer el martes, difundida ayer y retomada hasta hoy por mí, que son un huevón. Lo interesante y que sí es noticia es que, entre todos los motivos que hay en este mugroso pueblote para deprimirse, es la falta de instrumentos tecnológicos que les permitan estar conectados a internet, aunque la mayoría informe tener acceso a ese medio.

Es decir, que muchos de los morros andan de jeta porque no tienen una tableta, un teléfono inteligente, una laptop o una consola de videojuegos para andar subiendo selfis a Twitter o EzkRibirr Azi koMo rEtrAZaDoz en Facebook, donde convivirán más que en la escuela, además de que no tener esos dispositivos móviles les impide andar escuchando bachatas a todo volumen en el Metro o tomándole foto a sus tacos de canasta o hacer videos echándose un pedo en un encendedor para subirlos a YouTube.

En las cifras queda claro que en el DF se coge y mucho, además de que los chavos se drogan y chido, pero que les dé el bajón no tener un iPhone es otro motivo para deprimirse, más aún cuando la encuesta arroja que el 30 por ciento no tiene trabajo ni piensa tenerlo nunca.

Todo lo anterior, por lo menos para mí, que tengo menos de 30 y no puedo presumir ningún logro personal o profesional por falta de capacidad y talento, es un motivo más para jalarle al gatillo y tirolear la pared con mis sesos.

¡Chá!

martes, 8 de abril de 2014

Empezó la locura

Ni las bolsitas de resistol, los chicles con cocaína, las chelas en bolsita o los panquecitos de mota fueron tan adictivos entre los niños y jóvenes estudiantes como lo será una nueva droga que a partir de ayer lunes comenzó a distribuirse por todo el mundo, la cual generará una gran derrama económica y una fuerte dependencia entre todos los pobres que resulten enganchados y que difícilmente se podrán zafar del nuevo mal: el futbol.

Fue este fin de semana que se distribuyó el álbum de estampitas del Mundial Brasil 2014 y en todos los puestos de revistas hay miles de millones de sobrecitos con cinco adhesivos cada uno, que por la módica cantidad de seis varos pueden pasar a formar parte de una colección que sale cada cuatro años, de la cual una multitud ansiosa esperará juntar los más de 600 rostros, hologramas, estadios y figuras, aunque eso cueste miles de pesos e ir a buscar jugadores en el mercado negro de los stickers.

El nivel de aprovechamiento en las escuelas comenzará a bajar, los niños no estarán más enfocados en las clases, sino en cambiar con sus compañeros las calcomanías repetidas, en salir a comprar más con el dinero que se supone es para la comida del recreo. Así será durante los próximos tres o cuatro meses, las banquetas ya comienzan a inundarse con chamacos haciendo truque y contando espacios vacíos. Aunque habrá uno que otro ruco, entre los que me incluyo yo, que despilfarrará más de una quincena en la pasión mundialista.

¡Chá!

martes, 29 de octubre de 2013

La mugre chillona

Puedo soportar que me cobren 225 varos por boleto, más el cargo por el servicio del Ticketmaster y una cuota extra por la posibilidad de recogerlos en el establecimiento que más me plazca. No tengo ningún problema con estar dos horas formado en el frío nocturno en espera de poder entrar. Considero que las pequeñas pangas en medio de oscuros canales de fango son algo a lo que desde niño estoy acostumbrado y no me incomodan en lo absoluto. El ponche aguado y los atoles rebajados son algo con lo que puedo sobrevivir dentro de un espectáculo público, pero que me quieran ver la cara de ignorante y naco, eso ya calienta.

El espectáculo de La Llorona, que este año cumple dos décadas de presentarse en el embarcadero de Cuemanco, al sur de la Ciudad de México, es un espectáculo más lamentable que ver a un chemo haciéndola al faquir acostándose sobre vidrios rotos de botella de caguama en el Metro, tanto, que incluso justificaría el trato discriminatorio que se les da a los indígenas en el país.

En una islita entre las chinampas de Xochimilco, a la que llegas en trajinera, se monta una coreografía de danzantes concheros, igual a la que se arma todos los domingos en el Zócalo para los turistas gringos, y esa es gratis, o a la que se rifa un chavo en el semáforo de División del Norte y Torres Adalid para ganarse unas monedas, sólo que en La Llorona es en medio de lucecitas de colores, una pirámide hechiza y embarcaciones a punto de hundirse.

El espectáculo de La Llorona, que se presentará todavía hasta dentro de dos fines de semana en el embarcadero de Cuemanco, es la muestra más clara de que a los mexicanos nos gusta regodearnos en la porquería que somos como pueblo, resaltando las carencias que tenemos y colocándonos siempre en el papel de víctimas, para justificar de alguna manera lo patético de nuestras acciones, en un afán de aminorar las derrotas.

En la trama, si es que a eso se le puede llamar trama, llegan los malditos españoles a Tenochtitlán a saquear todo el oro de los pobrecitos mexicas, que son un pueblo bueno de sabiduría milenaria que los recibió con los brazos abiertos, dispuestos a compartir algo de su riqueza cultural, basada en unas piedrotas, sin saber que se los terminarían agandallando, gracias a una mujer traidora, que pagará con la muerte de su hijo su atrevimiento y por el que penará por toda la eternidad. ¡Ay mis hijos!, grita, aunque sólo se le haya muerto uno.

Para empezar, los que poblaron estas tierras hace 500 años eran unos ojetes, que vivían de someter a los pueblos vecinos y por eso nadie los quería, razón por las que los tlaxcaltecas se aliaron con los conquistadores para derrotarlos. No eran una sociedad avanzada en lo absoluto, pues todavía eran, en esencia, cazadores y recolectores, pero los ponen muy nalga para que uno sepa que sus antepasados no eran igual de patéticos que los actuales mexicanos. En resumen: todo mal con La Llorona.

¡Chá!