Nunca ese vestigio del antiguo régimen priista había molestado tanto a tanta gente como el domingo pasado. ‘La Hora Nacional’, el programa radiofónico que por decreto debe pasar en todas las estaciones los domingos a partir de las diez de la noche, que fue diseñado en el siglo pasado para replicar el discurso del partido en el poder y que funcionaba cuando no existía otra cosa que hacer más que oír el radio o temerle al ejército, interfirió esta vez con un interés más grande que cualquier fin político o mensaje social: la final del futbol mexicano.
Automáticamente uno le apagaba al iniciar la transmisión, de ahí el sobrenombre de ‘La hora na…’. A través de su historia cansó el contenido adoctrinante y con los años tuvo que cambiar su formato y sólo lo hizo peor. Ni echando mano de voces identificadas con la banda en estaciones como Radioactivo y Reactor lograron que alguien mostrara un mínimo de interés por lo que en los micrófonos del IMER se dijera y con lo ocurrido el domingo pasado se plantea la urgencia de eliminar esa fuga de capital federal.
Mientras en el Estadio Olímpico Universitario se desarrollaba uno de los partidos más emocionantes en la historia de las finales, con unos Pumas levantándose de un marcador de 3 a 0 y los Tigres acorralados salvándose de milagro para acabar en una ronda de penales cardiacos, en todos los cuadrantes hubo una deliciosa receta de gallina en nogada veracruzana, conversaciones apasionantes sobre el cultivo de flor nochebuena, enfermedades respiratorias y un fotógrafo que habla por un medio en el que no se puede apreciar su trabajo.
Yo, como miles de automovilistas más, queríamos agarrar a putazos a la pobre de la Reclu, que qué culpa tiene ella, por la impotencia de no poder escuchar la narración en vivo del encuentro que se fue a tiempos extras y la posterior definición desde el manchón, sólo porque el alargue tuvo la mala fortuna de quedar entre las diez y las once de la noche. Aceleré y aceleré para llegar a mi casa y poder ver algo, aunque sea el festejo, mientras checaba en Twitter el avance del juego con el peligro de atropellar a alguien o matarme yo mismo, lo cual es una irresponsabilidad de parte de un gobierno imbécil y totalitario.
¡Chá!

martes, 15 de diciembre de 2015
La hora na...
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Mario Manterola
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domingo, 13 de diciembre de 2015
¡Virgencita plis!
Sin nada más que hacer que desgastarme las cutículas escarbando la epidermis de mi escroto, consciente de que ya estoy bien pinche marrano por ir a hacer guacamole con el culo todos los días a una oficina por turnos de hasta 14 horas y harto de la programación del Netflix, sentí como un vientecito coqueto me sopló en el rostro haciendo volar mis largas matas sebosas y lo interpreté como una inequívoca señal divina para hacer periodismo mamalón.
Tomé mi bicicleta de 50 mil varos, como la que le robaron al embajador alemán el otro día, esa que hasta quemacocos y rayaquesos trae integrado y me dije a mí mismo: ¡chinguesumadre vámonos a La Villa!, porque era viernes 12 de diciembre y los milagros son posibles, porque si alguien podía sacarme del hartazgo de mi vida esa era la Virgen de Guadalupe, esa que concede deseos a cambio de sangre en las rodillas y el humo de millones de cohetes tronando en el cielo.
Una mochila con agua, cámara, un suéter y una playera limpia fue todo lo que cargué antes de lanzarme al suicidio guadalupano. Y así salí de mi colonia, me integré a una avenida principal en la que había decenas de personas caminando con cuadros a sus espaldas, caravanas de ciclistas y camiones repletos de fieles ansiosos por llegar a agradecerle cosas que su capacidad individual no pudo lograr.
Me sentía muy nalga rebasando ñeros bicitaxistas en mi súper rila de aluminio ligero y elementos de competencia, cuando como a las cinco cuadras sentí cómo un leve ardor que se incrementaba subió de mis pantorrillas a los muslos, al tiempo que un sudor espeso bajaba de mi frente y nublaba mi visión, obligándome a bajar la velocidad considerablemente.
Dos cuadras después, mi culo estaba totalmente reventado por el esfuerzo y el roce del asiento, diseñado para las firmes nalgas de un ciclista experimentado y no para mi trasero desparramado con forma del sofá en el que voy a tirar mi vida en los días de asueto. Parado con la lengua de fuera de las ganas de guacarear, determiné que la Vírgen de Guadalupe ni es tan milagrosa ni yo tan creyente, porque además qué chingá iba yo a hacer rodeado de tanto mugroso-tlaxcalteca-culero con los que, aparte, debería pasar la noche y despertar cantando las mañanitas.
Por eso me regresé a mi sala a seguir viendo algo que seguramente me mató neuronas y unos cuantos espermatozoides.
¡Chá!
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miércoles, 17 de septiembre de 2014
¿Dónde estás?
En la pared de la cabecera de mi cama hay un póster enmarcado con resina que compré hace años en la tienda de Deportes Martínez, en el cual aparecen en forma de cómic y con pose de batalla Místico, Dos Caras Jr, Lizmark Jr, Doctor Wagner Jr, Hijo del Perro Aguayo, Atlantis, Último Guerrero y Héctor Garza, con la leyenda "Lucha Libre" y con el escudo del CMLL, cuyas estrellas, caricaturizadas en la imagen, pusieron de moda nuevamente el deporte de los costalazos hace poco más de un lustro y ahora la gran mayoría conforman una alineación de alarido en Triple A, a excepción de un par que siguen en la Arena México, otro que en paz descanse y uno más que se pasó de pozoles y lucha como independiente. La caravana de la tres veces estelar tiene ahora en sus filas a las figuras que con su simple presencia llenan cualquier lugar en el que se presenten y sólo les falta una más para completar la alineación que hizo renacer al Consejo.
En el techo sobre mi cama, sin enmarcar y sostenida apenas con unas grapas y algo de cinta adhesiva que el tiempo ha corroído, está otro póster que no compré en ninguna tienda sino que arranqué de las páginas centrales de una publicación de lucha libre que ya ni existe, cuya fotografía plasma otra de las razones por las cuales miles de aficionados atiborraban las butacas de las arenas México y Coliseo semana con semana, con la simple esperanza de verla pasar, quedarse con algo de esa sonrisa, grabar en la mente el movimiento de sus caderas y permanecer impregnado de su aroma, sin importar quién estuviera sangrando arriba del cuadrilátero de batalla.
Skarlet Linabys García García se llama aquella diosa del ring que me despide por las noches y me da los buenos días con la misma pose que, a pesar del paso de los años, no aburre en lo más mínimo y sólo provoca sueños de grandeza y delirios de triunfo. Linabys, como era conocida por quienes comprábamos boletos al lado de la pasarela de entrada al ring y por todos los fanáticos que los sábados esperaban el llamado de cada una de las caídas en sus pantallas, obligaba que la narración del doctor Morales describiera su contoneo y alabara la perfecta armonía de sus grandes ojos y mayor sonrisa de la cubana de voluptuosas formas que llegaron a distraer a los guerreros y provocaron derrotas de aquellos que se abstrajeron de la batalla para contemplarla al regresar a los vestidores con el cartelón de la tercera sobre su rubia y larga cabellera.
Brilló con luz propia al lado de aquellos que buscaron fortuna en Estados Unidos y hoy regresan a la patria luchística cobijados por las porras y las mentadas del respetable, además de los dueños de un legado que traspasa cualquier empresa, por lo que su lugar está con ellos en la caravana, embelleciendo las funciones con el meneo de su cintura al ritmo de la música con la que entran los luchadores a partírsela, con el consuelo de que ella estará ahí para que el dolor de las caídas y golpes se sienta menos.
Sin embargo, y a pesar de la horda de fans que hay en internet, quienes tienen atiborrado YouTube con videos en los que aparece la cubana Linabys moviendo con maestría eso que amerita un jalón de patillas y un coscorrón de esposa celosa, ya no está más en las filas del CMLL y tiene rato que no se le ve por ninguna arena presumiendo el ombligo coqueto que debería ser nombrado por el régimen cubano patrimonio cultural de la isla, porque edecanes bellas hay muchas, pero que además se muevan así, tengan esa sonrisa, sean simpáticas y no se den su taco cuando uno desde abajo de la pasarela las ve con un hilo de baba escurriendo en la camisa, sólo ella. ¡Te extraño!

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martes, 15 de abril de 2014
Días de lucha
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martes, 8 de abril de 2014
Empezó la locura
Ni las bolsitas de resistol, los chicles con cocaína, las chelas en bolsita o los panquecitos de mota fueron tan adictivos entre los niños y jóvenes estudiantes como lo será una nueva droga que a partir de ayer lunes comenzó a distribuirse por todo el mundo, la cual generará una gran derrama económica y una fuerte dependencia entre todos los pobres que resulten enganchados y que difícilmente se podrán zafar del nuevo mal: el futbol.
Fue este fin de semana que se distribuyó el álbum de estampitas del Mundial Brasil 2014 y en todos los puestos de revistas hay miles de millones de sobrecitos con cinco adhesivos cada uno, que por la módica cantidad de seis varos pueden pasar a formar parte de una colección que sale cada cuatro años, de la cual una multitud ansiosa esperará juntar los más de 600 rostros, hologramas, estadios y figuras, aunque eso cueste miles de pesos e ir a buscar jugadores en el mercado negro de los stickers.
El nivel de aprovechamiento en las escuelas comenzará a bajar, los niños no estarán más enfocados en las clases, sino en cambiar con sus compañeros las calcomanías repetidas, en salir a comprar más con el dinero que se supone es para la comida del recreo. Así será durante los próximos tres o cuatro meses, las banquetas ya comienzan a inundarse con chamacos haciendo truque y contando espacios vacíos. Aunque habrá uno que otro ruco, entre los que me incluyo yo, que despilfarrará más de una quincena en la pasión mundialista.
¡Chá!

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lunes, 14 de octubre de 2013
Días de fut
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lunes, 26 de agosto de 2013
¡Rompí mi récord!
A las cuatro de la mañana ya estaba yo preparado físicamente y mentalizado a ganar, con la vista fija en la línea de meta y la idea de hacer que los malditos kenianos y etíopes comieran polvo a mi paso, después de años de dominar el Maratón Internacional de la Ciudad de México, que por tercera vez en mi vida corrí, logrando un récord de infamia.
Me levanté con la canción de Rocky, desayunando seis huevos crudos de un jalón y sin hacer gestos. Para aumentar mi rendimiento, la noche previa me rifé unos tacos de bistec con clembuterol y harta salsa, al fin que en el antidoping puedo argumentar que fueron las vacas locas las responsables de que me hayan crecido las nalgas como las de Ninel Conde de un día a otro.
Para cuando sonó el disparo de salida, yo me encontraba hasta enfrente del contingente, presumiendo mis nuevos tenis Nike Air Tarahumara, con la que todos me la súper pelarían, al tiempo de estar a las vivas de cualquier atentado terrorista, con eso de que a los mexicanos nos gusta imitar lo más peor del extranjero.
Sin embargo, a las dos cuadras de la salida, al incorporarme a Reforma con rumbo a La Villa, me hicieron efecto los huevos y los bisteces, con un retortijón que me hizo correr más rápido que Usaín Bolt con el Ku Klux Klan detrás, pero para buscar un baño. Lamentablemente el Sanborns más cercano estaba demasiado lejos y me terminé zurrando en plena ciclopista, con lo que batí mi marca de la peor carrera en mi vida.
¡Chá!
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lunes, 20 de mayo de 2013
Ave Marío
La vida, por lo menos la mía, no vale nada. Sin méritos personales que me hagan una mejor persona, sin aspiraciones, con los sueños destruidos y la moral en el suelo, debajo de la caca que impunemente acaba de dejar ese perro cuyo dueño es más puerco aún, lo único que espero, por lo que rezo y me hace levantarme por la mañana, es que el América sea campeón.
Debo admitirlo, me convertí en una de esas personas que como no han hecho nada que valga la pena, depositan su alma en los logros de desconocidos para sentirse ganadores, para tener el derecho de mirar a los demás hacia abajo, de creerse superiores, aunque valgan menos que este periódico pasado mañana, cuando ya esté en la pila del reciclaje, que paga 70 centavos el kilo.
El próximo domingo habrá motivos para sonreír o para llorar, para salir a la calle con el pecho en alto o para quedarse en casa consciente de que se es un mediocre que confió en el talento de alguien más, un desconocido que tal vez hace lo que hace sólo por dinero, pues el reconocimiento a su trabajo ya lo tiene seguro.
Quien gane salga campeón verá sus camisetas multiplicarse en las calles, cuyos portadores tienen el derecho de humillar a los demás escudándose en una bandera, aunque por dentro estén huecos. Seremos muchos los que orgullosos nos pasearemos sintiendo que la vida tiene sentido, que no hay motivo para suicidarse aún, que somos mejores que alguien sólo por el simple hecho de irle al América... o a Cruz Azul.
¡Chá!

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Mario Manterola
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domingo, 7 de abril de 2013
El mejor estadio
Cuando vi que Aquivaldo Mosquera tomó la pelota para tirar el último penal, el definitivo, no pude hacer otra cosa más que llevarme las manos a la cara y pensar que el pinche negro la iba a súper cagar (no se ofendan, si fuera el Hobbit Bermúdez diría pinche enano, si fuera Palencia le diría pinche greñudo, si fuera el Matador Hernández le diría pinche güero de rancho; el cuate está negro pero eso es independiente a lo mal jugador que es (Al Cuau nunca le diría pinche jorobado porque lo amo)).
En fin, que el balón fue a dar hasta la zona de plateas del Azteca y el América se quedó en semifinales de copa ante un suertudo Cruz Azul, que volverá a coronarse como subcampeón. Sin embargo, a pesar de las mentadas de madre, no me sentía ni triste, ni humillado, ni impotente y mucho menos derrotado, pues frente a mí había una michelada en bola de a litro, totopos con frijol, sopecitos, quesadillas surtidas y buenas nalgas a mi alrededor.
El Papa Bill’s Stadium, en Seneca y Mazarik, Polanco, es el mejor-maldito-puerco lugar para ver el futbol o cualquier otro deporte. Tiene unas pantallotas tan grandes que se te salen del rango de visión, con todos los posibles canales y eventos disponibles, harto chupe y la comida es buena. Hay una que otra mesera sabroseable, por lo que es mejor ir nomás con los cuates, aunque se sufra al momento de pagar la cuenta. Resulta, en resumen, mejor que soportar lluvia de agua de riñón y a los ñeros de la porra contraria.
¡Salud!
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Mario Manterola
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jueves, 4 de abril de 2013
Tacle machín
Una hora y media me la pasé formado frente a la Catedral, esperando entrar a la mentada Experiencia NFL que hace un par de días inauguró el Gobierno del DF en el Zócalo, donde habría juegos, pruebas físicas, parafernalia y demás cosas que implican el futbol americano, como los galones de chela que se beben los aficionados durante los partidos, las hamburguesas tamaño nomames que se comen en los estadios y, sobre todo, las güeras en faldita que animan a los jugadores enseñándoles las tangas... ¡pero no!
Para mi sorpresa, la Experiencia NFL se reduce a un par de brincolines inflables, como los que rentan las mamás para las fiestas de cumpleaños de sus hijos, con forma de Bob Esponja o barco pirata, en los que te subes a rebotar como estúpido y tirarte en una resbaladilla de metro y medio hasta que te aburres y mueres.
Hay un juego en el que tienen un monito de cartón brincando con un hoyo entre las manos, al cual le tienes que atinar con un balón, y si lo haces sólo ganas la satisfacción de decir que tienes buena puntería, porque el que viene formado atrás de ti ya te está apurando. Eso es lo más divertido de todo. Hay una cancha en la que puedes armar un tochito, pero es nomás tocado porque nadie quiere cargar con los muertos.
Debería haber apuestas, chupe y unas viejotas, porque sin eso, el futbol americano es sólo un deporte de jotitos en chorcitos que se abrazan todo el tiempo y que usan hombreras para no lastimarse cuando se dan sus arrimones.
¡Chá!

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Mario Manterola
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martes, 5 de marzo de 2013
Pasión futbolera
A la salida del Azteca, sobre Avenida del Iman, un microbús rodaba furioso entre el tráfico, cargado de decenas de güeyes con playeras azules y el rostro rojo de coraje, al ver a su equipo sodomizado en la cancha por Cristian el Chucho Benítez. Un Jetta negro con banderas amarillas saliendo por las ventanas se empareja y los del pesero comienzan el recital de mentadas. Uno de ellos amaga con bajarse, pero sólo es distracción para que los celestes que van caminando del otro lado aprovechen, les quiten los blasones y los rompan de frustración.
10 metros adelante, al tipo que acaba de ver los colores de su equipo mancillados, pese a la victoria, no se queda con las ganas, se baja del auto y confronta a su agresor, sin saber que está rodeado de la porra visitante. Se abre la gente que va caminando, una señora se espanta, yo me subo el cierre de la chamarra para evitar que se vea el escudo de mi playera (¡qué puto, la verdad!) y cae el primer golpe, seguido de 15 más, en lo que ya es una masacre.
El crema con el 10 y el nombre S. Cabañas en la espalda queda tirado en el piso recibiendo las últimas 22 patadas en las costillas, gracias a la oportunísima intervención de un policía de tránsito que casi les pide a los de la máquina que por favor no maten al chavo. Una ruca, posiblemente mamá del hoy madreado, le grita al de fosforescente que es un pendejo y un marica por no intervenir a tiempo, a pesar de que estaba a cinco metros viendo todo.
Las personas son tan fanáticas de un equipo como para agarrarse a golpes en plena calle sólo porque carecen de victorias y méritos propios que los hagan defenderse a sí mismos como lo hacen con los colores de un equipo, es decir, que hay quienes se definen primero como hinchas y después como individuos.
Una victoria del América, Chivas, Pumas o el equipo que sea significa una victoria personal en la vida de ese tipo de güeyes, cuya mediocridad es tanta que sienten que si ganan los once de la cancha lo hacen ellos también y viceversa. Es decir, en su mente piensan: "tengo 35 años, estoy desempleado, vivo con mi mamá, no me pela una vieja, la tengo chiquita y me está saliendo un tumor en la cola, pero al menos le voy al mejor club del país y por eso soy mejor que tú".
Y para un país lleno de frustrados, es obvio que se van a desatar los chingazos, que son, en un mundo civilizado, la última forma de mostrar superioridad, sobre todo cuando los que juegan en la cancha fallan.
¡Chá!

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Mario Manterola
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martes, 19 de febrero de 2013
La pasión de Cristo
A lo lejos, en un puesto de kekas, se escuchó la voz del narrador gritando el gol, al minuto 17, del Toluca. El diablo ya va ganando en el Azteca, dijo el cronista sonando en un diminuto televisor, al que me acerqué como perro oliéndole la cola a otro, por detrás y con sigilo, porque luego hay gente envidiosa que no te convida de su tele y sólo la pone en la calle para hacerte sentir miserable porque tú no tienes una.
¡Chingadamadre, ya está jugando el Ave!, me reproché al caer en cuenta que me encontraba en la explanada de una iglesia en Coacalco, Estado de México, vestido como monigote, esperando el inicio de una boda de gente que ni conocía. Estiré el cuello para ver el partido, pero ¡oh pendejo!, lo hice demasiado evidente y mi vieja, con ese infinito amor que me tiene, me dijo con una mirada: ni lo pienses cabrón, estás conmigo, a la chingada tú y tu puto futbol. ¡Chin!
Y que se arranca el padre con su sermón, que si esa unión era sólo por amor y no para satisfacer sus pasiones (ayajá), que si hay que recibir a los hijos que Dios quiera mandar (como el cabrón no los tiene que mantener) y que el matrimonio es para siempre. Mientras tanto, yo checaba con recato casi artístico la cuenta de Twitter @CF_America con los pormenores del juego. Con disparo de media vuelta, Raúl Jiménez empata el marcador.
¡Agüebo!, dije murmurando, para después corregir: agüebo, el casamiento es un acto de fe en nuestro señor, le dije a mi mujer, que ya se las olía.
Al minuto 54, Benítez estuvo a punto de marcar el segundo, pero el disparo pasó rozando el poste de la portería de Talavera. Yo, inmerso en la dinámica del siéntense, párense, hínquense, recen, sufran, arrepiéntanse, salúdense, pensando en un pretexto para salir de la iglesia, correr hacia la explanada para ver un poquito del partido, que en la narración del Twitter lucía emocionante.
Pero todo era imposible, ya que el recinto lucía pletórico, a reventar, con sus ángeles en el techo blanco, su Cristo sangrado en la cruz y más imágenes que, más que paz, daban miedo las jijasdelachingada por lo mal hechas que estaban, sin mencionar a la hinchada de damas de honor, todas de morado, esperando el momento de abalanzarse por el ramo en la fiesta posterior.
Yo, como me encontraba en las filas de en medio y rodeado, iba a hacer un escándalo al salir, por eso seguí pendiente del encuentro en mi celular, que asomaba apenas del saco para no hacer enojar a la morra a mi lado, que a pesar de lo dulce que se veía, es capaz de ejecutar una castración a mano limpia.
Minuto 80, penal sobre Aldrete, Osvaldito cobra y el Ave le da la vuelta al marcador, dos uno sobre Toluca. ¡Agüebo hijosdesupinchemadre!, exclamo, para luego corregir: ¡Agüebo hijosdesupinchemadre, ya son marido y mujer! Se cumple el tiempo y yo en el orgasmo. Se acaba la misa, vayan con Dios traidor, que en venganza por mi desatención, le otorgó un gol a su enemigo, el diablo, en tiempo de reposición.
¡Chá!

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lunes, 26 de noviembre de 2012
Duele, duele mucho
Sin ayer por la tarde vieron a un pinche greñudo mugroso deambulando por las calles de Polanco pateando un envase de chela semivacío, vestido todo roto y con olor a rancio, no es que haya revivido el Changoleón o que iniciara el apocalipsis zombi como en la serie The walking dead, sino que perdió el América en la semifinal contra el Toluca y por eso andaba todo deprimido y cabizbajeando mis penas.
Lo peor de deprimirse porque pierde el América es precisamente eso: ¡deprimirse porque pierde el América! Es decir, cuando uno no tiene ni futuro, ni aspiraciones, inspiraciones, dinero, sueños u oportunidades de una vida mejor, deposita todo en el futbol, y cuando éste falla, todo el mundo se desmorona como galleta rancia de esas que dan en las despensas de fin de año en vez de aguinaldo en las empresas ojetas.
Por eso hay tanto aficionado al futbol en este país, porque como personas valemos madre y no tenemos con quién desquitarnos o un ideal al cual aspirar para seguir adelante. Yo, al haber perdido desde hace mucho la esperanza en la humanidad, busqué a quién madrear. ¿Pero pus’ cuál? ¡Era domingo y no había nadie en las calles!
Sin ninguna misión en la vida más que arruinar también las de los otros, me lancé hacia San Lázaro a hacer guardia para boicotear la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como Presidente de México, con la consigna de que él también le va al Toluca y deberá pagar. Pero los culeros del #YoSoy132 me ganaron. ¡Ni eso me sale bien!
¡Chá!
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viernes, 14 de septiembre de 2012
En el Hipódromo
¡Agüebo!, me dije a mí mismo, al ver que uno de los caballos se llamaba Punta norte, igual que el centro comercial en el que compré los pantalones que estaba usando. ¡Son señales!, pensé mientras le daba un trago a mi tequila, derecho como los hombres, antes de correr a la taquilla a meterle 20 varotes al cuaco para que llegara en primer lugar, haciéndome ganar un chingo de lana, porque al parecer sólo yo le tenía fe.
Y arrancaron los animales, dejando tras de sí una nube de polvo que me impedía ver el número del que iba a la cabeza, confiando en que éste correspondiera al que traía impreso en mi boletito. Ahí iban, nariz con nariz, debatiéndose la punta en una carrera de cuarto de milla más impresionante que las que se arman sobre Tlalpan los lunes en la madrugada. Yo, gritando como si le hubiera puesto toda mi quincena (casi), descubrí con tristeza que mi pinchi equino culero había metido reversa en la línea de salida, y que trotaba alegremente por la pista en sentido contrario. ¡Yo y mi ropa de outlet!
Chillando como nena, me disponía a marcharme a seguir jugando con el azar en el futbol llanero y el box ranchero, donde sí hay lana, pero en mi camino me topé de frente con Rebecca Jones. Ese rostro de ensueño y esa figura a la que le dediqué tantos homenajes en mi adolescencia mientras veía El alma herida, me hizo recuperar la esperanza con una sonrisa lejana. Lo malo es que esos eran mis últimos 20 varos, que usaría para mi pasaje de regreso.
¡Chá!
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lunes, 29 de agosto de 2011
Pinche negro
Hasta tenis nuevos me compré y me puse mis chorcitos cortitos para correr, esos con los que se te sale media nalga cada vez que das un paso. Todo con el fin de ganar el XXIX Maratón Internacional de la Ciudad de México y regresar el título de campeón a un competidor nacional, ya que en los últimos años han dominado puros africanos la competencia.
Luego de meses de entrenamiento (en realidad me fui a dar una vuelta el fin de semana pasado), me mentalicé para ir 42 kilómetros a través del Centro Histórico, Reforma, Polanco, Chapultepec, Condesa, Revolución, Insurgentes y de regreso, tarareando la rola de Rocky por las calles y dejando atrás a los demás participantes.
Muy temprano, coloqué mi número, el 7081, en el pecho de mi playera sin mangas y me puse hasta adelante, junto a los de color serio. Al dar la salida, le metí a tope para hacerme con la delantera y gritarle “huevos” a un negro flaco de anaranjado y cara de sidoso, quien me vio alejarme por 5 de Mayo sin poder igualar la potencia de mi arranque.
Sin embargo, al llegar a Bellas Artes, el ojete negro me alcanzó y me mostró su dedo medio al rebasarme mientras yo yacía hincado guacareando el atole que me desayuné y con un dolor de caballo que me hizo abandonar la carrera por falta de electrolitos, decepcionando así a mi país.
¡Perdón!
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martes, 12 de julio de 2011
Moda de campeón
El káiser Franz Beckenbauer era un marica; el sólo se dislocó el hombro en un partido de semifinales en el mundial de México 1970 jugando contra Italia, encuentro en el que regresó a la cancha vendado y con el brazo en un cabestrillo, sólo para ver perder a su equipo en lo que después sería llamado “el juego del siglo”.
Julio Gómez: ¡esos sí son hombres chingao!; en una jugada de gol olímpico se metió un cabezazo con un defensa alemán tratando de rematar el balón a la portería, cayó al césped con una herida que necesitó de 10 puntadas para cerrar, regresó al campo portando un turbante con una mancha de sangre tan grande que parecía estar menstruando por la sien y, además de todo, en una demostración de plasticidad y heroísmo, se elevó para rematar de chilena y darle el pase a México a la final, misma que le ganó a los uruguayos para convertirse en el campeón del mundo sub-17.
La gente sabe reconocer a los héroes y es por eso que los vendedores ambulantes, que son unos maestros de la mercadotecnia, ya salieron a las calles a ofrecer ese vendaje, para rendirles tributo a esos que con una pelota han hecho más por este país que cualquiera de los personajes de las estatuas de Reforma, por donde ayer pasaron los verdaderos ídolos nacionales a ser vitoreados por el pueblo.
¡Agüebo!
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domingo, 10 de julio de 2011
Cielito Lindo
Minuto 30. José Tostado cobra un córner por la izquierda, el balón sale al centro del área y es recentrado con la cabeza por Carlos “el sobas” Fierro hacia donde aparece Antonio Briseño, quien ágil se levanta del césped desde el fondo para cachetear la de gajos con la parte interna, ante la mirada atónita de los de azul celeste, quienes ven perforada su meta como si fuera una prostituta vietnamita en plena ocupación militar de Saigón.
De repente Miguel Hidalgo pasa de ser el Padre de la Patria a un resentido y alborotador responsable de la muerte de mujeres y niños en una noche de calentura; Benito Juárez deja de ser el Benemérito de las Américas para ser considerado un simple payaso aferrado al poder que se fue a proclamar Presidente Legítimo a Estados Unidos, 150 años antes que otro loco hiciera lo mismo en su nombre; y Emiliano Zapata dejó el mote de caudillo y adquirió el del bandolero que se levantó en armas contra el primer gobierno democráticamente electo en el País.
Ahora los héroes nacionales se llaman Jorge Espiricueta, Julio Gómez, Richard Sánchez, Kevin Escamilla y Giovanny Casillas, el que con su gol en la agonía del partido selló el destino del juego y el del trofeo de Campeón del mundo, en manos de los mexicanos.
¡Fuaaa!
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jueves, 16 de junio de 2011
Pinches negros
Cronometrando dos horas con 39 minutos y 42 segundos, Hillary Kipchirchir Kimaiyo, un pinche negrote kenyano de casi dos metros de altura, fue el ganador de la pasada edición del Maratón de la Ciudad de México, muy por delante de todos los mexicanos que hayan competido en 2010, quienes en su mayoría fallecieron en el kilómetro 17 de la competencia, a causa de la acumulación de atole de chocolate en sus organismos.
Tal como lo han hecho en varias ocasiones y no sólo en la capital del país, la siguiente edición (la número 29) de esta carrera será dominada por africanos, ya sean Kenianos o etíopes, humillando a los pobres chilangos que intenten seguirles el paso por las calles del Centro Histórico, Polanco, Roma, Condesa y Nochebuena.
Por tal motivo, me he propuesto darles en su madre a todos esos extranjeros que quieran venir a ponernos en ridículo, sólo porque los mexinacos nos dedicamos a tragar harta masa y fritangas hechas a base de maíz con carne de puerco o de chivo, además de los derivados de los lácteos como el quesito y la crema que le ponemos a las quesadillas.
Si a las cuatro de la mañana ven pasar a un güey tarareando la rola de Rocky por avenida Revolución y de regreso por Insurgentes, no se espanten porque soy yo entrenándome para correr 42 kilómetros.
¡Quiovo!
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Mario Manterola
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jueves, 26 de mayo de 2011
Faus & Furious
Recorrer el Viaducto a 120 kilómetros por hora en el punto más intenso del tráfico matutino, sorteando automóviles por derecha e izquierda para cruzar la ciudad de extremo a extremo en menos de 15 minutos, es algo que cualquiera puede hacer con un poco de inhibición y algo de inconsciencia, pero sólo aquellos que han sido elegidos por los dioses para estar detrás de un volante, pueden lograr en un microbús.
Sin la violencia característica de esa subraza a la que pertenecen todos los conductores de un medio de transporte público, y sobrepasando por mucho a los expertos como Michael Schumacher, Ayrton Senna, Adrián Fernández o Dominic Toretto, el conductor del pesero que día a día transporta a la prensa que cubre las actividades del jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, es el más grande exponente del motorismo mundial.
Don Faus, como se le conoce a ese alegre chofer de la guagua del GDF, puede hacer que Checo Pérez, el piloto mexicano de Fórmula 1, se orine en su mameluco al verlo correr; podría chutarse el Nürburgring, el circuito alemán también conocido como el “hacedor de viudas” en un tiempo menor a los 10 minutos, algo sólo posible en un Porche Carrera 911.
Todo lo anterior sin violar una sola regla de tránsito, porque él representa a la autoridad.
¡Uts!
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domingo, 6 de marzo de 2011
Decepciones de la vida
El sábado 16 de junio de 2001, la Selección Mexicana de Futbol perdió un partido de eliminatoria mundialista por vez primera en la cancha del Estadio Azteca. Lo hizo ante Costa Rica, con goles de Rolando Fonseca y Hernán Medford, lo que significaba que prácticamente estábamos fuera de la Copa del Mundo. Al salir del encuentro, mi fe se había muerto, mi moral estaba por los suelos y nunca antes me sentí tan decepcionado… hasta ahora.
La Expo Sexo y Entretenimiento, esa que tanto promocionan en todas partes, ese congal masivo del que todo el mundo habla, el mega festival de Sodoma que los depravados más extremos de este país presumen, esa madre que se hace en el Palacio de los Deportes es una basura. Pero mi desilusión no recae en la porquería que es esa tienda sex shop de 5 mil metros cuadrados, sino en el hecho de que Tory Lane, actriz porno estadounidense de 29 años de edad, sea una ruca gorda y guanga a la que ya nadie pela.
Daba pena verla en el escenario con sus carnes desbordadas en un vestido transparente, repartiendo autógrafos que nadie quería, después de ser una de las actrices más cotizadas en el gremio por su carita linda, cuerpo de bailarina y boca de camionero. ¿Qué sigue? ¿Ver a Carlos Slim pidiendo limosna?
Como diría el Buki: ¿A Dónde vamos a paraaaar?

Sólo chequen el comparativo y entiendan por qué estoy a dos segundos de suicidarme. Claro que la foto de la derecha es el antes, mientras que la de la izquierda es una que le tomó el viernes pasado el reconocido fotógrafo de contraluces, bodegones y naturalezas muertas, Ariel Álvarez.
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Mario Manterola
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