No existe tal cosa. Por más que intenten crear el concepto, la cocina típica del estado de Campeche es algo que no puede ser definido dentro del amplio espectro de la gastronomía nacional. Como muchas otras cosas en las que este pueblo alejado de la mano de Dios está falto de identidad, la comida de la localidad es una extensión de lo que se prepara en el vecino estado de Yucatán, cuyos platillos son conocidos, degustados y admirados en todo el país y más allá de las fronteras mexicanas.
Si uno busca en la ciudad de Campeche y municipios aledaños comida típica, va a encontrar que los campechanos han hecho suya la gastronomía yucateca, promocionando los panuchos, el relleno negro, el poc chuc y pan de cazón como lo auténticamente tradicional, siendo sólo el último platillo el que es reconocido como oriundo del estado.
Sin embargo, el pan de cazón no es tan popular en los mercados populares o lugares de cocina típica, que es donde realmente se define la gastronomía local. En otras palabras, es raro que los campechanos coman su único platillo campechano, pues en las fondas lo que domina son los panuchos yucatecos en sus diferentes variedades, además de las trancas, que no es otra cosa que una torta hecha con pan de baguette... o birote, como también es conocido. Digámosle que es un subway populachero, pues es rico en vegetales y especias, además de que todo el mundo se desayuna por lo menos dos, por eso los campechanos encabezan los índices de obesidad en el país.
Entre las variaciones destacables de comida que se puede encontrar aquí, está el hecho de que a todo le echan chile habanero, cuya producción en la entidad es por demás alta, generando lenguas resistentes al fuego y hemorroides asesinas. Otra particularidad de los campechanos es que gustan de los hot dogs como a los chilangos de los tacos, pues los puestos callejeros abundan, sólo que aquí se preparan con tanta cebolla frita como sea posible.
Ahora bien, si algo puede considerarse una delicia local que difícilmente se encontrará con el mismo sabor en otro punto de la geografía nacional, eso es el agua de horchata. Siendo un estado que produce mucho arroz, el agua de horchata, la original, la que se hace con arroz y canela, es una auténtica delicia, un elixir sagrado que debería ser considerado patrimonio de la humanidad, a la par de su mentada ciudad amurallada y la reserva de la biósfera de Calakmul, que esa sí está bien padrota.
En fin, con el pan de cazón tan fuera del alcance del paladar popular y sólo para turistas, el pescado y los mariscos llegan a llenar ese hueco en el estómago del que busca una identidad campechana, aunque sinceramente los cocteles y los filetes son muy inferiores a los que se pueden preparar en Veracruz.
jueves, 3 de julio de 2014
Gastronomía campechana
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Mario Manterola
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miércoles, 25 de junio de 2014
Calakmul
Los mayas sí eran bien chingones, me dice mi dizque guía al llegar al centro de la zona arqueológica de Calakmul, un día después de que ésta fue nombrada Patrimonio Mixto de la Humanidad, que quiere decir que está bien chido todo. Esa fue su conclusión, luego de destrozarme el culo por traerme una hora y media dando brincos y sentones en el asiento trasero de su motocicleta, que era la única forma de llegar hasta ahí sin gastar lo que guardaba para la comida de la semana.
Cuando se dio a conocer la noticia del nombramiento, por parte de la UNESCO, dije ¡chinguesumadre tengo que ir!, y esa misma noche me lancé desde la ciudad de Campeche al municipio de Escárcega, que está a dos horas y media en carretera en un autobús ADO, porque en camión de segunda se hacen tres horas y cacho. De madrugada me metí a tratar de dormir un rato a un hotel donde seguramente sólo por usar las sábanas me dio Sida, para levantarme temprano y agarrar el chimeco de las ocho rumbo a Xpujil, que es otro de esos pueblos perdidos en la selva. En medio de ese viaje me tuve que bajar en una comunidad de menos de cien personas llamada Conhuas, que es desde donde se entra a Calakmul, mediante una veredita de 60 kilómetros entre jaguares, pavos salvajes, changuitos y cuanta bestia exista en la reserva de la biósfera.
Ir todo fashion con un viaje contratado en una agencia sale en por lo menos seis mil pesos, pero llegar apestoso y maldormido como lo hice yo (un hombre de-a-de-veras) salió en menos de mil, aunque con una probable lesión en la columna y un dolor en las patas por tener que trepar tres pirámides más altas que la del Sol en Teotihuacán, además de ser picado por un insecto que seguramente me dará una enfermedad de esas que sólo el Doctor House podría descubrir y curar.
Cuatro horas y dos infartos después, además del viajecito en moto otra vez, tuve que correr a una parada de camión para agarrar el último que iba a pasar por ahí nuevamente, para llevarme al pueblote y de ahí en autobús, para llegar todo fumigado a mi casa de rancho, contento por compartir la sabiduría milenaria de los mayas, que sí eran bien chingones para hacer piedrotas, aunque básicamente fueran cazadores y recolectores supersticiosos e híper violentos.

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Mario Manterola
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martes, 10 de junio de 2014
Hip-hop campechano
Toda ciudad, por más pueblote que sea, tiene sus barrios bajos, los cuales, como el resto del paisaje, aspiran a parecerse a los de las grandes urbes que marcan tendencia en el mundo de lo clandestino, es decir, que un pantano marginal renegará de serlo y preferirá mil veces ser como el Bronx en Nueva York o mínimo como Tepito en la Ciudad de México, pues el tercer mundo existe hasta dentro del tercer mundo.
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Mario Manterola
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jueves, 5 de junio de 2014
Esa cloaca llamada Campeche
Ciudad colonial del siglo XVI caracterizada por una muralla y coloridas casas en su centro histórico, que al mojarse se convierte en una letrina. Esa es Campeche, una capital que, además de estar de absoluta hueva, tiene la insana costumbre de ser soluble al agua, a pesar de estar a la orilla del Golfo de México, a donde van a parar toneladas de basura, porquería y meados, pues todo lo que desechan va a parar a la bahía.
Con el paso de la tormenta tropical Boris por la península y un canal de baja presión en el Caribe, desde el martes no ha dejado de llover un instante y al mar, ese que ni olas hace, no le ha dejado de caer cagada. Desde el año pasado, los gobiernos estatal y municipal arrancaron un proyecto llamado “Megadrenaje”, el cual pretende solucionar los problemas de inundaciones de cada temporada de lluvias, cuando cientos son desalojados de sus casas anegadas y muchos más huyen de los cocodrilos que por ahí rondan, sin mencionar que las calles se convierten en un bache del que uno podría no salir nunca. Sin embargo, ese ducto que se supone debe recolectar toda el agua pluvial desemboca en la bahía, junto con toda la basura que recolecte en su camino a lo largo de cuatro kilómetros.
Días antes de la inauguración comenzaron las primeras lluvias, lo que retrasó la entrega, y una vez funcionando, se dieron cuenta que no había ningún tipo de filtro en el camino para evitar que el mar se convirtiera en una sopa maruchan gigante, con bolsas, latas y botellas flotando por todas partes, como ocurrió. Su brillante solución fue colocar una reja en la desembocadura para detener toda la mugre, pero como no estaba planeado desde un principio, improvisaron una malla como la que puede uno comprar en cualquier tlapalería, la cual aguantó el torrente menos de cinco minutos, porque los campechanos son muy puercos y dejan un chingo de basura tirada por ahí, y si se los dices, como lo hizo una funcionaria, se ofenden como señoras a las que no saludaste al llegar a la fiesta.
Es así que, la bahía de Campeche, a pesar de no tener playa y en lugar de eso unas piedras verdes que amenazan con matarte si te metes a chapotear, también es un tiradero de desperdicios más grande que el Bordo de Xochiaca, pero no les digas nada a los campechanos porque se encabronan.

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Mario Manterola
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lunes, 26 de mayo de 2014
Sáquenme de aquí
Hopelchén, Nuevo Campechito, Atasta, el Aguacatal, Isla Aguada, Sabancuy, Checubul, Chicbul, y Mamantel, además de Champotón, son nombres de poblados y municipios de Campeche que aún, dos semanas después de que vine a dar aquí, no puedo pronunciar sin cagarme de la risa. De hecho, mientras escribo estas líneas todos a mi alrededor me están viendo con cara de “qué pedo” porque no puedo contenerme la burla. Es más, cuando me agarre la PGR por alguna pendejada, que digan que soy Mario Manterola, alias “El Mamantel”.
Ya me adecué a la vida en la provincia (como si el DF fuera el primer mundo), ya hasta fui al cine y tengo hecha mi rutina de todos los días, que básicamente consiste en dormir con el ventilador puesto, aún de día, para no tener que soportar los golpes que le da el rencoroso sol a mis cachetitos, que se ardieron con una caminata que di el otro día a mediodía.
Bajé una aplicación a mi teléfono celular que me dice cuál es la temperatura real y la sensación térmica, además del pronóstico de los siguientes días y manda alertas en caso de que todo cambie intempestivamente. Pues esa madre apenas la prendí y empezó a vibrar a lo pendejo. ¡No mames! ¿Qué haces ahí?, me preguntó la chingadera, que no entiende en su lógica de ceros y unos cómo fui yo, un intolerante al calor, a dar a este sartén de fonda barata.
35 grados centígrados hace todos los días y de 28 no baja, cuando eso en el DF ya es cagarse de calor. Sin nada qué hacer, me pongo a hacer lo que me pagan por hacer, sin pensar en ir a turistear a esos parajes de chistoso nombre, porque si en Campeche, que es la capital, no hay ni putas madres qué hacer más que ver la vida pasar y esperar por el atardecer, en los pueblitos ha de estar más para meterse un tiro (repito: ya son 30 suicidios este año y es un problema de salud pública muy serio).
No sé dónde queda Fracciorama o la Colosio y no me importa, ya sé dónde está el estadio de Los Piratas, la plaza, los bares y el centro, con eso me basta, no necesito irme a perder a los barrios bajos donde tampoco pasa nada, porque todavía si hubiera el riesgo de que alguien me macheteara me tentaría un poquito ir.
Seguimos informando, aunque no sé ni para qué.

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Mario Manterola
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Etiquetas: Exilio
martes, 20 de mayo de 2014
Me la llevo campechana
Una semana ha pasado desde que un repentino ataque de moralidad me dio, secuestrándome para venirme a tirar a Campeche como los plagiarios exprés que después de pasear a su víctima por los cajeros automáticos van a dejarlo al lugar más remoto y culero que se saben... y no me he muerto ni me he suicidado.
Los días son eternos y las noches frescas no tanto, porque amanece como a las cuatro de la mañana y los putos pajaritos te lo hacen saber a gritos que le impedirían dormir hasta un Snorlax (saca tu pinche referencia ñoña), y del sol no me he quejado lo suficiente, sólo espero que no me empiecen a salir manchas en la piel que se conviertan en cáncer, porque aún vistiendo camisas de manga larga sientes cómo la radiación atraviesa la tela para quemarte hasta los vellitos del culo sin piedad.
Alguna vez me pregunté por qué a los tacos combinados se les decía "campechanos", y ahora entiendo que es porque aquí a la gente le vale madres todo, porque eso de vivir en un sartén y sin tener nada qué hacer o a dónde ir los ha hecho tan huevones que les da lo mismo que les pongan suadero, longaniza o reata, total ellos se lo van a terminar tragando.
Si no es casualidad que aquí nunca haya perdido el PRI, porque a estos güeyes les da fiaca hasta cambiar de gobierno, por eso un periódico como el que yo edito es tan textoso y pesado, porque como no salen por el calor y no hay un lugar cercano en el cual invertir su tiempo, los campechanos leen un chorro, más aún si es gratis como La Opinión.
La actitud campechana o campechanía de la que tanto hablan, eso que tiene la gente de aquí que los hace tan apacibles, no es otra cosa que producto de la geografía y el mundo que les ha tocado vivir, porque a pesar de estar frente las aguas cálidas del Golfo y en una zona tan económicamente activa, ni playa tienen para entretenerse un rato, porque el mar no tiene arenita donde revolotear y en vez de eso hay unas piedras verdes cubiertas de algas que amenazan con partirle el cráneo a todo aquel que intente echarse un clavado.
Yo, por mi parte, corro el peligro de convertirme en un pasivo observador de la vida, porque hasta para platicar son huevones estos güeyes, que se sacaron de pedo cuando le grité "pinche negro" al güey que anotó un gol de Pachuca en la final contra el León. No echan desmadre, no platican entre ellos, sólo se vienen a arranar aquí a la redacción porque hay airecito. Lo preocupante es que yo ya la pienso dos veces antes de salir por algo de comer.
Seguiremos informando, si es que no me da hueva a mí también.
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Mario Manterola
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viernes, 16 de mayo de 2014
La muerte y el beisbol como deporte estatal
El estado de Campeche ocupa el primer lugar en suicidios a nivel nacional. Incluso, entre las notas periodísticas (no tanto) que me ha tocado ver durante mi cortísima estadía acá, hubo una que me sacó un pedo de la risa acerca de un grupo de religiosos cuya única misión en la vida es andar por las calles viendo quién tiene cara como de poderse meter un balazo en la cabeza o colgarse de la regadera, porque los que usan la puerta falsa abundan tanto como las marisquerías aquí.
Es decir, que lo peor que pude hacer para evitar meterme un taladro en la cola fue venirme para acá, donde es tanto el calor y hay tan poco qué hacer, que las personas prefieren andar jugando a dejar de respirar para siempre en vez de enfrentar su realidad, en la que sólo existe un inmenso mar que ni olas hace, porque no tienen playas con arenita en la cual jugar, y en vez de eso sólo hay una superficie rocosa debajo de la cual hay un chingo de petróleo qué extraer para regalárselo a los extranjeros.
Según me cuentan, llegué en un momento en el que ya no está tan cabrón, porque hace poco acaban de inaugurar una plaza comercial que tiene un Cinépolis al que pueden ir a comprar a Liverpool, a comer un helado de Nutrisa y hasta adquirir artículos deportivos a Martí, lo cual los tiene encantados y alejados de la idea de jalarle a ese gatillo que acaba con todo de un solo madrazo.
No he ido porque me la he pasado en chinga (ajá) y porque cada que avanzo dos cuadras siento que el sol me da un sape lamido en la nuca y para llegar al paraíso del capitalismo salvaje hay que cruzar toda la ciudad, si es que a este pueblo quieto junto al mar al que ni las tormentas tropicales quieren venir se le puede llamar ciudad.
Ahora bien, si esperaba un reto en la vida, hacer un periódico diario en un lugar en el que nunca pasa nada es algo que lucirá bien en mi currículum... claro, en caso de que sobreviva a mis ganas de aventarme de cabeza desde una plataforma petrolera.

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Mario Manterola
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8:03 p.m.
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